“Pool de frutas”.-
prof. Lucia Botta
La humildad de los
alumnos y de sus familias es maravillosa, nunca te retiras del domicilio con
las manos vacías, pomelos, flores, hierbas, pan casero, etc.
En una
oportunidad, al terminar la clase, regrese muy cansada y me dormí en el
transporte, con un sobresalto me desperté y observé que los pasajeros bajaban
del micro con un pomelo cada uno, al mirar mi bolsa abierta y el piso del colectivo era como una gran mesa
de pool! Por lo cual todos se había proveído de pomelo aprovechando el memento
de descanso de la seño…
“Bolicheando y
Multiplicando”.- Prof. Lucia Botta
Mi primera experiencia
domiciliaria fue con mellizos pre-adolescentes con distrofia muscular avanzada.
Los contenidos a
desarrollar eran Tablas de multiplicar.
Qué aburrido y
tedioso!, conseguí un CD con las tablas de multiplicar con música tropical
“Cumbias”, ambientamos el lugar como si fuera un boliche, encendía y apagaba
las luces y a todo volumen cantábamos y bailábamos con las sillas. Fue
altamente gratificante. Disfrutamos y aprendimos con alegría, agradecía a Dios
por darme la oportunidad de brindar este
momento.
“Un fantasma por
los pasillos”.- Prof. Silvia Vallejos
Cuando comencé a
trabajar en escuela Hospitalaria empecé por las salas de internación de
quemados.
Para ingresar allí
debía respetar sus normas, colocándome un camisolín mangas largas blanco y botas
de una tela especial. Al terminar de atender a los alumnos allí internados salí
de allí caminando por los pasillos regresando a la escuela hasta que una
enfermera me llamó la atención: “- el camisolín y las botas déjalas en la sala,
no te las podes llevar hasta tu casa”…
“El gendarme”.-
Prof. Silvia Vallejos
Trabajando con un
niño incentivando su creatividad en el dibujo que estaba haciendo, le sugiero:
“-por qué no le dibujas un gendarme ahí?”- a lo cual él y su madre se ríen,
-¿qué pasa? Le
pregunté, y ella me respondió: -“es que él le llama “gendarme” a sus “partes
íntimas”-.
“Barrio
peligroso”.- Lic. Psicopedagoga Lilia Guarnieri
Un día a la siesta
acompañé a la maestra domiciliaria a un domicilio muy distante, donde los
colectivos llegan con una frecuencia muy espaciada de más de 30 minutos.
Cuando salimos del domicilio, luego de caminar
varias cuadras -bajo el sol del Chaco a 45º grados a la sombra- hasta la
parada, mientras mi compañera se distraía mirando el nombre de la calle y la
referencia para saber donde bajar la próxima vez que iba al domicilio, vi al
colectivo , entonces grité.- “¡El colectivo!”, el colectivero ya había
arrancado y al escucharme se asustó, al parecer pusimos tal cara de
desesperación que el colectivero se apiadó y frenó para esperarnos. Cruzamos la
calle desesperadas, muertas de risa y de vergüenza, agradecimos al chofer por
su amabilidad.
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